En una sala especial, detrás de una puerta blindada, en el sótano, con la cantidad de luz y humedad que permite el equipo de conservación y cerca del primer permiso para imprimir Don Quijote de 1604. Así se conserva en el Archivo Histórico Nacional la carta que Manuel Azaña, presidente de la Segunda República Española, dirigió al entonces presidente de las Cortes, Diego Barrio, su presidente Martínez.
En él aceptaba la derrota ante el fascismo y exigía una vez más negociaciones sobre una paz "humanitaria". Fue firmado el 27 de febrero de 1939 en Colonge-su-Salev, en la frontera francesa con Suiza, y es uno de los documentos imprescindibles de la historia española moderna.
El subdirector del Archivo Histórico Nacional, Enrique Pérez Bojero, le lee desde el sótano a Fabio Sáenz Bahamondes, que me acompaña en la visita, y me cuesta contenerme. Pedimos permiso y guantes para tocarlo. Hay algo fetichista en el gesto; Seamos realistas, tocar la historia es demasiado tentador. Imaginar el momento en que Manuel Azanya se enfrentó a ese papel en blanco, imaginar la imagen de la tinta derramando las amargas palabras de aceptación de la victoria golpista, convierten ese papel en un objeto casi mítico.
Documento historico
Manuel Azaña no incluyó la carta en sus memorias políticas y de guerra, escritas a partir de una selección de textos de sus diarios y publicadas por primera vez en España tras su muerte en plena transición. La carta que estamos "tramitando" es patrimonio nacional desde hace seis años, cuando los herederos de Juan Aroquia, trabajador postal, activista republicano e íntimo amigo del destinatario, decidieron donarla definitivamente al Archivo.
Ella no vino sola. De hecho, llegó junto a decenas de documentos conservados en 26 cajas que conforman la colección personal de Diego Martínez Barri en el Archivo Histórico Nacional, dependiente del Ministerio de Cultura. Entre discursos, cartas oficiales y personales, reuniones y otros escritos, la carta de Azaña es una pieza única en el fondo de archivos que conserva el Archivo.
Esa carta es un documento que confirma el inicio del exilio de Azanja, el jefe de Estado que fue atacado por el ejército rebelde. Con él, el presidente de la República Española inició el camino que seguirán miles de españoles -algunos conocidos; el más anónimo. Todos ingenuamente convencidos de que no durará mucho, de que la guerra en Europa acabará con todos los fascistas, también al sur de los Pirineos.
De la esperanza a la resignación
Cecilia Martín, jefa de Archivos Privados, lee otra carta. Estaba cifrado y firmado por Marcelino Pascua, el embajador español en la URSS (quien acordó depositar allí parte de las reservas de oro de España, el famoso "oro de Moscú").
Estaba dirigido a los embajadores de España en La Habana y Santiago de Chile y al delegado permanente ante la Sociedad de Naciones en Ginebra. Apenas han pasado dos semanas desde la dimisión de Azaña y ya se está organizando la evacuación de la población. Ahora la guerra se considera perdida. Es una de las 27 cartas del Epistolario de Pascua encontradas y documentadas por AHN.

Imagen de fondo de pantalla de Marcelina Pascua. Fabio Saenz Bahamondes, autor proporcionado (no reutilizar)
Abra el segundo cuadro. Se cierra, como todos, con una tira de tela cuidadosamente atada; Archivos, organizados en su interior. El manejo de este tipo de documentos requiere de un protocolo que minimice su deterioro. Cecilia saca una carta que Antonio Ramos Oliveira, periodista e historiador, envió a Margarita Nelken, diputada socialista, en julio de 1953. Habla de su traslado a Santiago de Chile y admite que los exiliados han dejado de "vibrar". Como Azaña hace 14 años, todos se dieron por vencidos. Nadie quería acabar con el fascismo al otro lado de los Pirineos.
Epistolarias como las de Martínez Barry, Pascua o Nelken no son cuantitativamente el tipo de fondo más numeroso del Archivo, según explica Ignacio Panizo, jefe de Difusión. Ni siquiera es el que más quebraderos de cabeza da al área de conservación del Archivo, experta en restaurar pergaminos y expedientes con muchos siglos de antigüedad.
Son, sin embargo, esenciales para explicar la vida de quienes se vieron obligados a abandonar el país después de 1939. Contienen documentos oficiales, cartas y escritos de contenido político, pero también la historia de la intimidad de quienes sufrieron el exilio. No es extraño leer en estos epistolares referencias a las penurias económicas que padecieron los refugiados, detalles de sus viajes o lamentos por sus pérdidas.

Fondo Margarita Nelken. Fabio Saenz Bahamondes, autor proporcionó (no reutilice) los recursos necesarios para la comprensión.
Buena parte de estos fondos personales llegaron durante los años 80 con el retorno de la democracia, pero lo hicieron con una fórmula jurídica menos garantista. Se trataba de depósitos, no de donaciones. Algunas sólo podrían ser consultadas con autorización expresa de sus propietarios. La política de adquisiciones del Archivo favoreció, sin embargo, la donación altruista de este tipo de fondos, de modo que sean libres de consultar en sala según el protocolo de cualquier otro documento, es decir, sin esperar a perpetuar su estudio.
En esta estrategia, en los últimos meses el Archivo ha incluido los archivos personales del coronel de infantería Aurelian Álvarez-Coque y del archivero José Ignacio Mantecón.
Álvarez-Coque participó en la defensa de Madrid y acabó exiliado en México, desde donde mantuvo correspondencia con muchos otros militares leales a la República. Ahora es posible leer en Madrid sus notas y planes de guerra y las cartas de quienes cumplieron con su deber en el ejército: permanecer del lado del gobierno legítimo.
Mantecón fue secretario general del Servicio Republicano Español de Emigración (SERE), desde donde coordinó la marcha de los refugiados españoles a México. Ahora se puede saber cómo se sintió al organizar esa fuga.
un archivo perdido
El director del Archivo, Juan Ramón Moreno, explica este esfuerzo por garantizar el libre acceso a la documentación relacionada con el exilio como una necesidad histórica. Hay que conocer la historia de quienes mantuvieron la esperanza de la recuperación de la democracia fuera del país. Romero se felicita por las últimas donaciones recibidas (todas sin coste para las arcas del Estado), pero lo siento por él: hay un expediente que no está, y debería estar.
Es el archivo personal de Manuel Azaña. Su testimonio son documentos dispersos encontrados en archivos de otros personajes que estaban relacionados con él o en donaciones puntuales, como los diarios personales de la nieta de Franco en los años 90 (sí, Franco tenía parte de los diarios de Azaña, probablemente robados por la Gestapo).
Para Juan Ramón Moreno, esos expedientes del Presidente de la República deberían estar en manos del Estado, pero ¿quién decidirá hoy en mi lugar, con lo que está cayendo, dónde está la línea entre la vida pública y privada del Presidente?

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