En las Ășltimas semanas de 1945, meses despuĂ©s del final de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno canadiense emitiĂł Ăłrdenes ejecutivas que deportaban a mĂĄs de 10.000 japoneses-canadienses a JapĂłn, despojando a muchos de ellos de su ciudadanĂa canadiense en el proceso.
Al mismo tiempo que CanadĂĄ comenzĂł a llamar la atenciĂłn sobre la importancia de los derechos humanos en el mundo de la posguerra, reflexionĂł sobre la descarada violaciĂłn de derechos en un paĂs de enorme escala y crueldad. La historia canadiense ha olvidado en gran medida la persecuciĂłn de los canadienses japoneses.

La portada del libro del autor sobre el exilio canadiense de los japoneses-canadienses después de la Segunda Guerra Mundial. (Prensa de la UBC)
Nuestro libro Challenge Exile: Japanese Canadians and the Wartime Constitution trata sobre esos dĂas oscuros.
El final de una crisis suele atraer menos atenciĂłn que su comienzo. El 7 de diciembre de 1941 se convirtiĂł, como predijo el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, en una fecha que vive en la infamia.
Los ataques japoneses a Hong Kong y Pearl Harbor empujaron a CanadĂĄ y a los aliados a la Guerra del PacĂfico. En los meses siguientes, en medio de temores de que la costa oeste de AmĂ©rica del Norte pudiera convertirse en un nuevo frente en la Segunda Guerra Mundial y despuĂ©s de dĂ©cadas de racismo arraigado en las leyes y las polĂticas, CanadĂĄ ordenĂł que todos los canadienses japoneses fueran desarraigados de su hogar en la costa de Columbia BritĂĄnica.

Un oficial de la Marina Real Canadiense interroga a pescadores canadienses japoneses mientras confisca su barco en Esquimault, Columbia BritĂĄnica, en diciembre de 1941, apenas dos dĂas despuĂ©s del ataque japonĂ©s a Pearl Harbor. (CP PHOTO/Archivos Nacionales de CanadĂĄ) ApĂĄtridas, personas sin hogar
La erradicaciĂłn se recuerda principalmente por el internamiento de mĂĄs de 22.000 canadienses japoneses en mĂĄs de una docena de lugares repartidos por el interior de la Columbia BritĂĄnica. Pero eso fue sĂłlo el comienzo de la cascada de injusticia que siguiĂł.
A diferencia de Estados Unidos, el internamiento no terminĂł en 1945 en CanadĂĄ. Cuando terminĂł la Segunda Guerra Mundial, los canadienses japoneses no tenĂan hogares a los que regresar. Años antes, el gobierno canadiense habĂa tomado la fatĂdica decisiĂłn de despojar a los canadienses japoneses desalojados de todo lo que poseĂan, incluidas muchas de sus pertenencias personales, asĂ como sus negocios, granjas y hogares.
El desempoderamiento abriĂł un camino hacia el exilio. Mientras CanadĂĄ reflexionaba sobre cĂłmo poner fin al internamiento de un pueblo desposeĂdo, optĂł por la dispersiĂłn y el exilio. Se alentarĂa a los canadienses japoneses a mudarse a una vida incierta en el este de CanadĂĄ o aceptar la deportaciĂłn a JapĂłn.
Para garantizar que el mayor nĂșmero posible de canadienses japoneses optaran por exiliarse, los funcionarios del gobierno recorrieron los campos de internamiento y enfatizaron que el derecho al voto, la educaciĂłn de los niños y una vivienda o empleo seguros no estarĂan garantizados a los canadienses japoneses en el CanadĂĄ de la posguerra.

Irene Kato (derecha) naciĂł en Vancouver en 1925. Fue deportada de Vancouver al campo de Tashme en 1942 y exiliada a JapĂłn despuĂ©s de la guerra. (Imagen cortesĂa de Carol L. Tsuiuki), CC BI
La polĂtica fue devastadoramente efectiva. MĂĄs de 10.000 japoneses-canadienses, todos los cuales habĂan sido desalojados y expulsados de sus hogares, solicitaron el exilio en el verano de 1945. Cuando miles escribieron al gobierno para retirar esas firmas en los meses siguientes, CanadĂĄ aprobĂł Ăłrdenes de deportaciĂłn bajo el supuesto de que ninguno de ellos encajaba ya con sus hijos en CanadĂĄ.
Mientras los tribunales debatĂan sobre si la deportaciĂłn era legal, CanadĂĄ organizĂł el exilio de casi 4.000 canadienses japoneses de mayo a diciembre de 1946. Los oficiales de la RCMP cargaron a hombres, mujeres y niños en buques de guerra desmantelados y los enviaron a JapĂłn.
Los ciudadanos naturalizados fueron privados de su estatus, quedaron apĂĄtridas y sin lugar. Las familias llegaron a un JapĂłn devastado por la guerra y el hambre. Muchos nunca volverĂan a poner un pie en CanadĂĄ.
Justificaciones arraigadas en el racismo
La expulsión por parte de Canadå de miles de canadienses japoneses ofrece lecciones en un mundo de fronteras cada vez mås estrictas, inseguridad y conversaciones sobre quién pertenece y quién no a una comunidad nacional.
En Estados Unidos han resurgido argumentos sobre la desnaturalizaciĂłn de ciudadanos, la deportaciĂłn de personas en funciĂłn de su estatus y la supuesta naturaleza racial de la ciudadanĂa. Las mismas perspectivas se pueden encontrar en los argumentos legales y polĂticos utilizados por los gobiernos de CanadĂĄ y Columbia BritĂĄnica para justificar el exilio de los canadienses japoneses.
Centrar nuestra atención histórica en el final de un conflicto, en lugar de en su comienzo, nos recuerda las formas en que los daños iniciados en un momento dado pueden revertirse y persistir mucho después de la crisis que comenzó.

Los canadienses japoneses en el interior de la Columbia BritĂĄnica se despiden de los miembros de la comunidad que viajaban a JapĂłn en 1946. (Bibliotecas y Archivos de CanadĂĄ)
Nos recuerda que las razones arraigadas en el racismo pueden convertirse en reclamos de seguridad, ya sean reales o imaginarios. La historia del exilio tambiĂ©n deberĂa hacernos reflexionar sobre los argumentos que escuchamos nuevamente de que los derechos humanos nunca deberĂan impedir que un gobierno implemente polĂticas favorecidas por la mayorĂa.
En diciembre de 1945, ni los tribunales, ni las legislaturas, ni los gabinetes, ni los funcionarios pĂșblicos detuvieron la persecuciĂłn de los canadienses japoneses. Pero tambiĂ©n en este caso vale la pena recordar la Ășltima lecciĂłn.
El frĂĄgil derecho a la ciudadanĂa
Si la ley canadiense permitĂa el exilio, argumentaban los canadienses japoneses, entonces era necesario cambiar las leyes canadienses fundamentales. Ochenta años despuĂ©s, las consecuencias del exilio canadiense japonĂ©s siguen siendo en gran medida invisibles: las trayectorias de vida de miles de canadienses y de la comunidad canadiense japonesa nunca volverĂĄn a ser las mismas.
Canadå, que salió del exilio, también cambió. No es que el racismo o los abusos contra los derechos hayan desaparecido. Sin embargo, en el creciente movimiento para exigir una mayor protección de los derechos constitucionales, reside el reconocimiento de los daños a los que estån expuestas las comunidades vulnerables, especialmente durante los momentos de inseguridad y mås allå.
En el 80Âș aniversario del exilio japonĂ©s-canadiense, debemos recordar la forma perjudicial en que terminĂł la Segunda Guerra Mundial en CanadĂĄ para tantos miles de personas. Y debemos recordar que los frĂĄgiles derechos de ciudadanĂa que a veces damos por sentado se ganaron con esfuerzo y se crearon, en parte, como resultado de su negaciĂłn. En este sentido, todos vivimos a la sombra del exilio.
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